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50 euros por músico

Fuente: Cuadernos de Jazz.com, Mayo 2014
Por Leo Sánchez

Hace unos años, al principio de la crisis, escribía en esta columna acerca de las negras perspectivas del músico de batalla, ese que da vida a bares, salones y verbenas recurriendo según la ocasión a Nat Cole o al que ganó un concurso de la tele el otro día (me refiero por supuesto al mismo músico). Ignoro en qué punto de la crisis nos hallamos ahora, pero desde luego las cosas no han mejorado.

Cuando España entró en la Unión Monetaria los honorarios de un músico de bar se estandarizaron en 60 euros, las diez mil calas de antes. Unos años después los locales nocturnos, o al menos los más activos del circuito de la música en directo, habían aceptado el desembolso de 300 euros por banda, lo que favoreció el formato de cuarteto y el reparto de 15 euros más por músico; a quinteto (un lujo hoy en día) no se perdía dinero. La llamada pachanga o sencillamente "orquesta" se pagaba más, al igual que las amenizaciones de cocktails privados, generalmente el bolo menos guerrero de todos.

Hacia 2008 la bajada de la actividad económica arrastró consigo las condiciones de los músicos. Por ejemplo, hoy los locales pagan 50 euros por músico y bajando. En algunos casos, todo sea dicho, las condiciones se han mantenido (hasta hay audaces que abren bares en estos tiempos), pero en muchos otros son peores. No hablemos de las interminables jornadas veraniegas de la orquesta en la España profunda, con las que antaño se ganaba para aguantar el resto del año... La cuestión es que ahora el músico profesional se halla ante las condiciones que antes quedaban para el amateur, léase el chaval que empieza y hace lo que sea por tocar o el profesional de otro campo que se relaja tocando con y ante los amigos.

El sufrido lector puede preguntarse dónde está el problema... 50 euros al día te hacen un mileurista. El problema es que un músico no trabaja los veinte días porque no tiene dónde, y de hecho para trabajar un día debe sortear la competencia no solo de sus colegas sino también de los citados amateurs bajo la tensión de averiguar hasta dónde está dispuesto a rebajar su tarifa si quiere comer. Esta tensión tiene dos orígenes: uno, la perspectiva de no cubrir las propias necesidades; otro, el temor de acabar contribuyendo como otros antes que él a tirar los precios y reventar el mercado. Es como en aquellas películas de submarinos en que para salvarse de las cargas de profundidad el capitán ordenaba continuar la inmersión hasta que los tornillos empezaban a saltar. Por desgracia, para este caso tocar fondo no supone ninguna salvación

El músico no es el único que se enfrenta a una situación de esta clase, por supuesto, pero quizá lo haga diferente el hecho de que en su caso no se debe solo a una crisis económica. En realidad ésta ha venido a coincidir con una profunda crisis cultural, un cambio (no entremos en hacia dónde) en los gustos y las costumbres por el cual el servicio de la música en directo ya no tiene demanda, o si se quiere ésta es simbólica. Por ello cualquier intento del músico por asociarse y defender sus intereses laborales es fútil. Los locales utilizan la música en directo como valor añadido para diferenciarse de la competencia, pero si los músicos se plantaran aquellos probablemente tirarían, por ejemplo, de los monologuistas (como ya vienen haciendo muchos). Para adornarlo, mientras el músico se esfuerza en sacar la cabeza todavía puede que alguien le pregunte por qué no se busca un trabajo de verdad, una sugerencia que por desgracia cada vez resulta más realista.

La crisis económica pasará algún día. Incluso puede que usted y yo lo veamos. Pero la cultura del siglo XX es ya cosa del pasado. Habría mucho que hablar del músico de clásica, o del sesionista de estudio y gira, sujetos a otras necesidades del público; en cuanto al músico de bares, salones y verbenas, es alguien que lucha en soledad por sobrevivir al siglo XX, y al hacerlo yo creo que lucha un poco por todos.

 

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